El amor (a veces) es así…

 

Por primera vez en la vida de este blog, un dibujo va a poder verse en contexto, acompañado del texto que ilustra. Redoble de tambores…

 

 

La Musa

Ah, las musas… Seguramente, al oír la palabra “musa”, la mayoría pensará en jóvenes enfundadas en vaporosas túnicas, tocando la lira en formación de a siete; o recordará, en el mejor de los casos, algunos de los más famosos versos homéricos. Sin embargo, en mi casa, esa palabra surge más habitualmente en las conversaciones con otra acepción, nueva pero muy acertada, que le asignó mi padre hace ya mucho tiempo, en un momento de inspirada lucidez. Para la familia GS, una musa es esa mujer fatal que se cruza en el camino de la gente y, como el caballo de Atila, no deja títere con cabeza.

Al igual que sucede con otros términos  de nuestra lengua, como “cutre” u “hortera”, resulta bastante complicado definir el concepto con exactitud; no obstante, llegado el momento de toparse con uno de estos especímenes, cualquiera con algo de práctica puede llegar a decirse, asintiendo con la cabeza: “Sí, es una musa”.

 ¿Qué mejor modo de aclarar posibles dudas que mediante unos ejemplos? Lolita, la nínfula de Nabokov, era una musa (precoz, pero musa). ¿Salomé, la bailarina bíblica de mal perder? Una musa bastante brutal. ¿La Lesbia amada por el poeta latino Catulo? Musa, esta vez sí, con túnica. Y, acercándonos algo más al presente y la realidad, Kiki de Montparnasse, Edie Sedgwick, o Kate Moss, a quienes, obviamente, no he conocido en persona, pero que me encajan en el perfil.

 Uno de los rasgos identificativos más evidentes del personaje, es que a la musa le gusta serlo. A ella todo le da igual: no teme el ridículo, sencillamente porque no concibe que tal cosa pueda atañer a su persona. En general, ese es su secreto, una confianza en sí misma a prueba de bombas que la inmuniza contra la autocrítica, y que suele dar el pego de forma directamente proporcional a su solidez e impermeabilidad. El embrujo puede prolongarse durante largos periodos de tiempo, llegando incluso a condicionar  los vaivenes de toda una relación. En esos casos, el sujeto que no es la musa suele vivir pendiente del hilo de sus designios, deseando que ella lo apruebe y lo quiera, soñando con estar a su altura, y sintiéndose orgulloso de haber sido elegido. Por experiencia propia sé que es una situación bastante angustiosa, tensa y frustrante, ya que se espera que suceda lo imposible: llegar a gustarle a la musa tanto como ella se gusta a sí misma.

Cuando dicho individuo es de sexo femenino, el modelo suele ser el de la amiga-“grouppie” (efectivamente, las musas tienen club de fans), habitual, aunque no necesariamente, más rellenita y/o menos agraciada, y siempre más insegura. Eterna segundona, siendo muy generosos, se ve relegada al triste papel de imitadora y coro griego, viviendo virtualmente a través de los dolores y alegrías de la musa de turno, y esperando la palmadita en la espalda (metafórica, como es de esperar en tan delicada flor) que sólo llega de pascuas a ramos.

 A pesar de que empeorar el panorama descrito parece tarea ardua, cuando el sujeto “B” del binomio es de sexo masculino, la situación llega a adquirir un patetismo sangrante. Que éste sea un pretendiente declarado, quijotesco hombre de una sola mujer, un amigo cómodo, o un amante ocasional que desearía optar a la permanencia, es cosa sin importancia: todos sucumben a los mohínes, las caídas de ojos, los gestos sensuales, y deciden dedicar el resto de sus días a una vida de sufrimiento, desplantes, amor libre y cosas por el estilo.

Confieso que, conquistada por la naturalidad de su pose, rendida a la ilusión de su envergadura (cósmica, se entiende), yo misma he admirado la forma en que una musa se atreve con todo. Me resulta bastante vergonzoso haber sido palmera de alguna de estas vestales, pero en mi defensa diré que conseguí abrir los ojos antes de que las musas que habían pasado por mi vida fueran más de tres o cuatro.

Debo tal logro, que sospecho me ha ahorrado muchos sinsabores futuros, al hecho de haber observado que el “charme” de la musa empieza a evaporarse en cuanto abre la boca. En cuanto la abre en serio, quiero decir: mientras el guión no requiera que los interlocutores se impliquen  personalmente a través de opiniones sustanciosas, la honra está más o menos salvada. Eso sí, si la cosa empieza a ponerse transcendente, el patinaje ideológico se hace inevitable.

El primer síntoma es la proliferación de palabras como “intenso”, “profundo” o (Dios nos coja confesados) “nihilista”, que aparecen distribuidos por el discurso sin ton ni son, con fecuencia siguiendo al socorrido prefijo “súper”. Ese momento (que llamaremos “D”, por “despegue” y por “desvarío”) marca el punto en que uno debería, más o menos discretamente, recoger sus pertenencias y poner pies en polvorosa. Quien, por afán de penitencia o por puro interés sociológico, decidiera permanecer entre el auditorio, comprobaría rápidamente dos hechos: uno, que debería haber huido a tiempo; dos, que en estos casos el contenido suele estar al nivel de la forma. O sea, por debajo del sótano primero.

¿Significa esto que la musa es estúpida, que no tiene muchas luces? Con cierta frecuencia sí, pero no necesariamente. Desde mi punto de vista, lo que sucede es una cierta atrofia provocada por la falta de necesidad y el exceso de adoración: para empezar, hay que admitir que, por mucho que pueda pesarle a alguna, la inteligencia no es lo primero que atrae de la musa, así que no le resulta prioritaria para mantener satisfechos a sus acólitos; por otra parte, el hecho de que dichos incondicionales tengan expectativas tan elevadas en todo lo concerniente a “la diosa”, crea en ésta la falsa impresión de que debe mantener su listón igual de alto en todos los ámbitos. El resultado de tal encrucijada es que la pobre musa se esfuerza por asombrar (también) a través de un intelecto elocuente e ingenioso, cayendo en eso que solemos llamar “forzar la máquina”.

Para terminar este retrato, que no pretende sino alertar acerca de estas sirenas de canto venenoso e irresistible, querría subrayar que las musas, como las setas, brotan en los lugares más insospechados. Si uno va por la vida pensando que pertenecen a “otras clases sociales” o a “otras tribus urbanas”, lleva todas las de acabar arrastrándose miserablemente ante una de ellas, ya que, en definitiva, las musas se parecen bastante a las muñecas Barbie: hay una para cada ocasión. Existe la musa punk, con sus mallas de leopardo y su cabecita rapada a trozos; la hippie, con sus alhajas étnicas y su hummus casero; la posmoderna, de labios rojos, siempre dispuesta a citar a Simone de Beauvoir o a Charles Bukowski…

Unas musas van en metro, y otras en yates y coches de lujo, unas son universitarias, otras semi-analfabetas. Las hay rubias, morenas, pelirrojas… Pero, si hay algo seguro e invariable, es que son éstas las verdaderas inspiradoras e instigadoras de la Historia, “catalizadores” de genio y desesperación a partes iguales, y artífices indirectas del arte más sublime y las muertes más atormentadas. Lo dicho: cuidado.

 

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Esta entrada se publicó el 3 de agosto de 2012 en 12:23 y se archivó dentro de Mira lo que he hecho..., Palabras, palabras. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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